jueves, 29 de agosto de 2019

DISMINUCIÓN DEL 28% DE DIVORCIOS EN FLORIDA






En Jacksonville, Florida, las tasas de divorcio han caído un 28% en solo dos años. Esto ha sido posible gracias a un programa dedicado a fortalecer a los matrimonios y a las familias, llevado a cabo por una organización llamada Communio, dedicado a fortalecerlos. Su presidente es un laico, John Paul De Gance, quien, por una historia de ruptura que golpeó a su propia familia, sintió un llamamiento especial a ayudar a reparar los muchos matrimonios rotos y familias en dificultades que hay, hoy en día.
Según De Gance, los católicos, si se lo proponen, están en la mejor posición para convertirse en catalizador de una cultura sana del matrimonio, porque pueden hacer lo que el gobierno no puede.
A través de una campaña de marketing bien diseñada y con objetivos específicos, atrajeron a numerosas personas que participaron en el programa, haciendo que las tazas de divorcio disminuyan considerablemente, multiplicando las familias estables con matrimonios saludables. Es importante que los laicos se comprometan activamente a sanar una sociedad, singularmente en crisis, como la actual.

HM tv, 2019
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lunes, 27 de mayo de 2019

Es «etnocéntrico» considerar natural solo una forma de familia? Responde un antropólogo




Los adversarios ideológicos de la familia suelen apuntar un sinfín de variedades de organización conyugal y paterno-filial procedentes de los estudios etnográficos como argumento contra el matrimonio entre hombre y mujer, monógamo, indisoluble y abierto a la procreación. Pero, ¿qué significa en el fondo esa diversidad? Adriano Virgili (Roma, 1974), antropólogo y filósofo, autor de obras de apologética católica tras unos años vividos como ateo militante, miembro del GRIS [Grupo de Investigación e Información Socio-Religiosa, por sus siglas en italiano], casado y con un hijo, aborda una respuesta muy distinta a la sugerida por quienes utilizan ese argumento:

La  insustituible fisionomía del matrimonio
Una de las consecuencias más relevantes del Congreso Internacional de las Familias que ha tenido lugar hace escasas semanas en Verona, ha sido la de haber puesto de nuevo en el centro de la atención pública del país el tema de la familia.
Sin embargo, esto ha sucedido en un contexto cultural que ya está contaminado por un abrumador relativismo según el cual, a la luz de los conocimientos actuales, ya no es posible hablar de familia nuclear, es decir, de  aquella que está formada por un hombre, una mujer y los hijos que con ellos conviven como, "familia natural". La familia natural ya no existe, se repite cada vez con mayor insistencia, y con el fin de demostrarlo se utilizan los resultados de las investigaciones etnográficas y los análisis antropológico-culturales.
Personalmente, me encuentro en la extraordinaria posición de ser, por formación, tanto un antropólogo cultural como un filósofo de declarada "fe" tomista. La polémica actualmente en marcha me insta, por lo tanto, a proponer una breve reflexión sobre este tema, a caballo entre la antropología cultural y la filosofía. Comprendo que el asunto, para ser analizado en todo su alcance, merecería la redacción de un ensayo, por lo que aquí me limitaré a una muy breve reflexión preliminar sobre el mismo, reservándome la posibilidad de profundizar los distintos aspectos en futuras colaboraciones.

Parentesco biológico y "simbólico"
Hablar de familia significa hablar de parentesco. Ahora bien, se dice que la investigación antropológico-cultural demuestra que, en las distintas culturas, las relaciones de parentesco (también las que se dan entre padres e hijos) pueden construirse también después del nacimiento, mediante procedimientos concretos de apropiación simbólica. Se afirma que, a pesar de que el nacimiento del individuo ocurre necesariamente a través de la unión de un hombre y una mujer, una familia es un conjunto de personas que participan, de manera íntima, los unos de los otros en una construcción social culturalmente significativa que incluye factores biológicos, pero que no se reduce sólo a estos, hasta llegar a situaciones en las que las relaciones de carácter extra-biológico son preponderantes. El parentesco sería pues, fundamentalmente, un sistema simbólico capaz de dar sentido al dato biológico de la filiación, pero que en muchos casos se superpondría a él, perteneciendo (por citar una dicotomía que le gustaba mucho a Lévi-Strauss) más al ámbito cultural que al natural.

La "deconstrucción" relativista de la familia desde el punto de vista etnográfico comenzó en los años 40 con la obra del antropólogo franco-belga Claude Lévi-Strauss (1908-2009).

Cada cultura resuelve a su manera el problema relacionado con la asignación de un individuo a un determinado grupo parental, prescindiendo a veces, de manera más o menos marcada, de los factores meramente biológicos. Así, la institución matrimonial, que regula fundamentalmente el acceso sexual de los hombres a las mujeres, y viceversa, se configura de manera muy variable en las distintas culturas. Para apoyar esta tesis, se ponen muchos ejemplos sacados de la bibliografía etnográfica, de la que nos ofrece una amplia muestra el libro What kinship is and is not, de Marshall Sahlins.

Casuística etnográfica
Es de destacar que en las culturas matrilineales (aquellas en las que los individuos pertenecen a la familia de la madre, y no a la del padre) como, por ejemplo, en las africanas de los Ashanti y los Ndembu, el vínculo familiar fundamental es el que hay entre hermano y hermana. El hermano ejerce la autoridad sobre los hijos de la hermana, que serán sus herederos. La hermana, como pariente femenina más cercana, goza de ciertos derechos y representa la fuente de continuidad del linaje. Si en las sociedades patrilineales (aquellas en las que los individuos pertenecen el linaje paterno), el interés de los hombres se basa en tener hijos, en las matrilineales se centra en hacer que los tengan las propias hermanas. Entre hermano y hermana hay una gran intimidad: el hombre tenderá a confiarse con su hermana más que con su esposa; será a su hermana a la que le pedirá consejo cuando lo necesite, o cuando se trate de gestionar su economía y posesiones. En estas culturas, la relación entre un padre y sus hijos tiende a ser mucho más informal y el primero no es considerado por los segundos una figura dotada de autoridad, sino más bien un amigo y, a menudo, un cómplice.
En todas las culturas el matrimonio es una institución social orientada a la reproducción y la asignación de los hijos a un grupo y no a otro. La unión matrimonial presenta una gran flexibilidad y, a veces, se configura de modos que a nosotros, occidentales, nos pueden parecer extraños: entre los Igbo de Nigeria, en caso de esterilidad del marido, una mujer está autorizada a tener relaciones sexuales con otro hombre, y los hijos procreados serán legalmente los hijos del primero (el pater) y no del segundo (el genitor).
Entre los Nuer del Sudán está documentado el matrimonio con un fantasma, por lo que, siempre que un hombre muera sin hijos o antes de casarse, un hermano o un primo puede casarse con una mujer en nombre del difunto para que los hijos sean legalmente sus hijos [del difunto]. Entre los Nuer existe el matrimonio entre mujeres (que no tiene ninguna connotación lésbica): una mujer estéril puede contraer matrimonio con otra mujer, elegir para ella un amante y los hijos nacidos de esta unión serán hijos socialmente reconocidos como de la mujer-marido, miembros de su grupo. La mujer-marido incluso está autorizada socialmente a pedir una indemnización a sus esposas si estas mantiene relaciones sexuales con otros hombres distintos a los que ella les asigne.
Tenemos también a los hermanos de la madre llamados "madres varones" y a las mujeres ricas Lovedu, que ceden su ganado para comprar "mujeres" y convertirse así en "padres" de sus hijos.
Los Karembola de Madagascar consideran que hermanos y hermanas son lo mismo, por lo que un hombre puede reivindicar la maternidad de un niño.
En algunas poblaciones del Amazonas, un nacimiento puede no implicar ningún tipo de parentesco si lo que la mujer lleva en su vientre es el hijo de un animal (del espíritu de un animal).
Entre los Inuit de Groenlandia, cuando un niño es llamado con el nombre de su abuelo materno, empieza a llamar hija a la madre que le ha dado a luz, marido de mi hija a su padre y esposa a su abuela.
También están las familias polígamas: las poligínicas (en las que un hombre tiene varias esposas), las poliándricas (en las que una mujer tiene varios maridos) y las poliginándricas (en las que un grupo de hombres, normalmente hermanos, se unen en matrimonio con un grupo de mujeres, normalmente hermanas). En el caso de las familias poliándricas y poliginándricas, los hijos son considerados como de todos los maridos, incluso cuando se conoce la identidad de su padre biológico.
Ante una variedad tan grande de modelos familiares y matrimoniales (aquí he citado pocos ejemplos), ¿acaso no es absurdo hablar de la familia nuclear, ese tipo de familia históricamente difundido en nuestra cultura, como de "familia natural"? ¿Acaso no es etnocéntrico, se preguntan algunos, considerar nuestro modelo matrimonial como el único legítimo?

El relativismo cultural, contradictorio en sí mismo
En punto entra el filósofo, que observa cómo este modo de plantear la cuestión presupone que la única ley es la positiva, es decir, que las leyes que los hombres se imponen son el término último con el cual valorar la licitud de sus acciones. Según esta perspectiva, los usos y costumbres de cada pueblo son moralmente equivalentes incluso cuando están en contradicción los unos con los otros.
Obviamente, esta concepción, como se deduce claramente de lo que acabo de escribir, es contradictoria en sí misma. Sería bastante simple articular una argumentación apropiada para demostrar lo que he dicho antes, pero en este contexto no hay ni siquiera la necesidad de molestarse en hacerlo. Sí, porque los mismos autores que defienden la idea de que no existe la "familia natural", un tipo de familia que a nivel meta-cultural haya que considerar como la única verdaderamente tal, son los primeros que, después, se indignan porque en determinadas culturas y sociedades los derechos de los gays o de las mujeres no se respetan de la manera adecuada.
Esto significa que también ellos consideran, implícitamente, que además de una ley positiva, debería haber una ley natural, es decir, esa norma moral que basa los criterios de la acción humana directamente en la naturaleza específica del hombre. De hecho, si así no fuera, no tendría sentido indignarse por las costumbres que se considera inmorales en una cultura o sociedad concretas, ya que no habría ningún metro meta-cultural o meta-social en base al cual poder determinar la moralidad o la inmoralidad de algo prescindiendo de cómo sea considerado por cada grupo humano.

¿Qué significa "natural"?
Ahora bien, cuando utilizo el término "natural", no me estoy refiriendo a algo impuesto por la naturaleza, ya que la ley moral supone siempre la mediación de la razón, sino que quiero indicar algo que es conforme a las exigencias de la naturaleza humana tal como las investiga y conoce la razón.
Así se aclara también el sentido en el que se puede hablar de "familia natural", concepto sobre el que quienes niegan su existencia parecen tener siempre las ideas suficientemente claras. Con la expresión "familia natural" no se hace referencia a un único tipo de familia que impondría la naturaleza humana (motivo por el que las distintas culturas han elaborado modelos familiares tan diferentes unos de otros), sino a aquel que es más acorde al hombre en cuanto tal.
Nos queda sólo justificar el motivo por el que la familia nuclear, es decir, la "sociedad conyugal" fundada sobre el matrimonio, tiene que ser considerada como la "familia natural".
Como he demostrado antes, no es posible concretar una forma de matrimonio que sea compartida en todos los aspectos por los pueblos de todas las culturas: la divergencia de las instituciones matrimoniales causa desconcierto y, a primera vista, también desánimo para quien desea intentar un resumen. Parece que el elemento más constante se puede especificar, a nivel biológico, en la relación sexual; el resto parece más bien fluido, incierto, contradictorio. Sin embargo, considerándolo en conjunto, es posible formular una primera definición de matrimonio que incluya todas las variantes de un hecho que sigue siendo inequívoca y claramente natural y, por lo tanto, sujeto a la evolución de la conciencia humana: una institución que en cualquier lugar y siempre, tiende a regular las manifestaciones del instinto sexual según las normas específicas de una comunidad humana determinada.
Esto quiere decir que el matrimonio, a nivel universal, no es nunca concebido como un hecho privado, una convivencia libre de cualquier vínculo legal que se remite únicamente a la conciencia y a la decisión personal e irrefutable de los individuos como únicos gestores de sus sentimientos y elecciones. Dentro de los límites fijados por la ley positiva de los distintos pueblos, el matrimonio, como institución, ha conocido todas las formas y todas las aberraciones: de la poligamia a la poliandria, del concubinato al divorcio. Sin embargo, se confirma que esta institución, como unión del hombre y de la mujer en vista y en función de la familia, ha asumido un carácter cada vez más delineado desde el punto de vista jurídico, que no es dejado nunca al arbitrio personal: un amor libre, que se sustrae a cualquier ley, no ha existido nunca.
La noción de matrimonio incluye el dato biológico (la atracción de los sexos), y el racional, es decir, su disciplina obtenida en virtud de normas jurídicas concretas. Ahora bien, si quisiéramos limitarnos sólo al primer dato, el biológico, la noción de matrimonio reflejaría sólo la vida instintiva común también a las bestias; en cambio, si nos limitamos al segundo, la institución matrimonial no surgiría de manera suficientemente clara e inequívoca, porque no hay ley que no dependa del arbitrio humano, falible de por sí. El análisis antropológico de las distintas culturas se limita a describir su vida, no sugiere una norma; documenta el ser, no señala el deber ser; alude a los hechos, no descubre el derecho. Buscar la norma quiere decir captar la esencia o el deber ser del matrimonio, el cual, al ser un hecho eminentemente humano, puede ser juzgado sólo remontándonos a las inclinaciones de la naturaleza humana en su conjunto.

Amistad, unidad y alteridad
La familia nuclear es la célula fundamental de la sociedad correctamente ordenada, sociedad que ve idealmente en la amistad entre las personas que la forman el pegamento que la mantiene unida. Y la amistad que satisface todas las posibilidades reales de desarrollo de la persona humana, se da sólo en el matrimonio monógamo, y esto es así por las razones de fondo resumidas en esa complementariedad de los sexos, que implica su unidad fundamental en la más heterogénea riqueza de estructura exclusivamente propia del primer núcleo social humano, capaz de generar nueva vida.
No hay forma de amistad más alta que la que es posible entre dos sexos que se aman y se entregan en vista de la prole. Su mutua atracción de amor está determinada por la máxima unidad en la máxima alteridad que la naturaleza humana puede ofrecer.
El matrimonio monógamo realiza la más profunda comunión de amor entre los sexos a través de su integración mutua, tan perfecta que resulta naturalmente fecunda, garantizando por tanto la supervivencia de la familia humana, fin último de la naturaleza. A través del matrimonio se realiza la perfección de los cónyuges y la procreación de la prole. Claramente, la segunda, aunque posterior en el tiempo, al interesar a la especie, prevalece sobre el primero que atañe a dos individuos. Por consiguiente, el primero, inmediato, está subordinado a la segunda.
Esta es la razón por la que la familia nuclear, la que está fundada en los cónyuges y su prole, es, de hecho, la "familia natural". Esta es, efectivamente, la forma de unidad familiar que mejor responde a las exigencias de la naturaleza humana tal como pueden ser investigadas y conocidas por la razón y que, en esencia, es la única forma de familia en sentido propio.

Adriano Virgili, La Croce Quotidiano, 2019  / ReL, Traducción de Elena Faccia Serrano.
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lunes, 5 de noviembre de 2018

Intimidad emocional en el matrimonio



El ser humano ha nacido para amar y ser amado. El amor en el matrimonio, en la unión conyugal se manifiesta tanto en la intimidad emocional y en la intimidad matrimonial que es la relación sexual entre los esposos.
A través de la intimidad emocional y de su máxima expresión de entrega mutua que es la relación sexual, es como el matrimonio subsiste y se alimenta, ya que ambos aspectos nutren el matrimonio y une a los cónyuges. Después de la boda nace el matrimonio, el cual va creciendo y hay que cuidar que no se “enferme” (por así decirlo), cuidando la intimidad emocional y matrimonial en la pareja ya que son aspectos imprescindibles en la relación, debido a que son considerados como componentes del amor total.

Conocer al otro
El amor y conocimiento son dos formas de trascendencia que van interrelacionados entre sí. Sólo conociendo al otro verdaderamente es como logramos amarlo, para esto es necesario superar nuestras propias barreras para que de esta manera nos podamos autorrevelar y darnos a conocer al otro y así lograr la unión más fuerte. “No se puede amar lo que no se conoce”. A medida que uno se adentra en el interior de la otra persona y lo vamos descubriendo es como se produce una mayor atracción y el amor crece y se torna más real.
El amor entre dos personas por lo regular surge de la atracción física y es así como del plano físico vamos transitando al psicológico y de éste al espiritual. En esta travesía es cómo vamos descubriendo un poco más la espiritualidad del otro. La intimidad matrimonial es el escenario de la máxima demostración de amor y entrega entre los esposos y de ejercicio de la intimidad emocional, es por esta razón, que es un aspecto sumamente importante para la estabilidad matrimonial y un alimento que nutre y dinamiza al matrimonio.

La intimidad emocional es un proceso
Alcanzar la intimidad emocional es una tarea, un reto de la vida de una persona en pareja; es un proceso de tiempo que se logra por medio de la auto revelación, la entrega, la confianza, y que la que la pareja luche juntos para lograrlo. En este proceso de la pareja, es común e incluso necesario, que se den ciertos ajustes los cuales algunas veces se manifiestan como crisis, para después lograr la estabilidad e ir alcanzando el amor maduro, el cual está asociado con el logro de la intimidad emocional.
La pareja que no supera la lucha del poder y los conflictos de los primeros años de vida en común, puede atrasarse en el proceso de obtención de la intimidad emocional e incluso nunca llegar a ella; son parejas que se vuelven disfuncionales: comparten un espacio, un proyecto de vida, pero no se sienten tan cercanos el uno al otro, compenetrados, comprendidos, aceptados, como para decir que viven en esa intimidad emocional. Los esposos en intimidad emocional sienten deseos y necesidad de demostrar su máximo amor y entrega mutua y es así como llegan a las relaciones sexuales. En este sentido, la Intimidad Emocional de la pareja implica no sólo el tiempo que los esposos están solos, sino en un estado afectivo y psicológico.
Finalmente, la intimidad emocional es importante ya que nutre, mantiene y perfecciona el matrimonio mientras que la intimidad matrimonial es vivir la máxima entrega psíquica y física.

Nancy Escalante / La Familia

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jueves, 25 de octubre de 2018

9 pensamientos útiles sobre el amor matrimonial


Cuando pasan los años, la pareja ha de aprender a combatir la apatía con cosas que gusten a ambos y les mantengan unidos 
El amor de pareja hay que cuidarlo, hay que hacer la decisión intencional de protegerlo y de hacerlo crecer. Si no, como una planta desatendida, sin abonar ni regar, se muere, asaltada además por las zarzas hostiles de nuestra sociedad. Una pareja con problemas puede llegar a mejorar mucho y resolverlos, pero siempre lo conseguirá por decisión de hacerlo, nunca por inercia.
He aquí 9 datos útiles que pueden ayudar a crecer y prevenir a muchos matrimonios:

1. Hombre y mujer son distintos: eso nos impulsa a abrirnos
El psicoterapeuta Giovanni Salonia (2005) propone un fascinante viaje hacia el descubrimiento de las diferencias entre sexos. Para comprender las diferencias entre sexos. Dios nos ha creado distintos para que gracias a lo específico de cada uno sea posible generar a través de las diferencias. La vida humana nace de compartir las diferencias. Gracias al poder de la atracción sexual, queda garantizado el puente natural entre dos cuerpos, entre dos ideas, entre dos visiones del mundo. Ser hombre y ser mujer nos obliga y nos da la posibilidad de experimentar toda la riqueza del intercambio y del diálogo.

2. Amar requiere conocer los defectos del otro... y saber vivir con ellos
Amar no significa ignorar los defectos del otro, sino conocerlos y saber que podemos tolerarlos. Significa ser conscientes de que, más allá de unos comportamientos distintos de los nuestros, es posible el encuentro. Creer en el amor duradero no implica que podamos vivir con cualquiera. Hay una premisa indispensable que debemos atender: si en lo concreto el otro no ha estado nunca presente, las cosas no cambiarán por arte de magia, sino poniendo acciones concretas para superarlo.

3. Las relaciones "provisionales" no funcionan: se eligen peores parejas
La idea general de que "la cosa va bien mientras funciona, y luego ya se verá" perjudica la voluntad de la persona, que desde el principio ya está perdiendo. Lo ideal no es vivir con el otro y tener las maletas preparadas al lado de la puerta: así se transmite cierta sensación de inestabilidad y desconfianza. Si nos viésemos más capaces de esto, quizá en la elección de pareja pesaría una dinámica más consciente.

4. Con los años, somos toscos con nuestra pareja y obsequiosos con los "de fuera"
Dentro de la pareja pasamos por alto el dar las gracias, el pedir disculpas y cierta formalidad que podría subsistir en la pareja cual amable y benévola costumbre. Estas carencias crean un vacío, y puede que influyan en que busquemos experiencia extraconyugales, que en cierta medida hacen que volvamos a sentir la emoción de sentirnos cortejados y queridos. Sin duda, es triste lo que ocurre en esos casos. Las figuras familiares pueden convertirse en motivo de estrés, mientras que los extraños resultan ser "dispensadores" de consideración. A los primeros les dedicamos nuestros peores desahogos, y a los segundos les regalamos dulzura.

5. La pasión no es para siempre, el amor no se mantiene solo
Las parejas que esperan que la pasión dure para siempre o que la intimidad no se vea nunca amenazada, ya han preparado el camino hacia la desilusión. La teoría nos lleva a entender que nunca debemos cansarnos de comprender, de construir y reconstruir nuestra relación amorosa. No podemos pensar que una relación amorosa se mantenga viva por sí sola: somos nosotros los que hemos de asumir la responsabilidad de hacerla cada vez mejor.

6. El afecto y el sexo requieren darle prioridad: busquemos momentos
" Si la pareja no logra hallar tiempo para estar juntos, si las atenciones disminuyen, toda la dimensión de la corporeidad se resiente, lo cual afecta a la sexualidad, la afectividad y el apego. Podemos vernos por la mañana, mientras los niños están en el colegio; podemos dejar para otro momento ese compromiso de trabajo; pidamos ayuda a los abuelos o digámosle a la tía que se lleve a los niños al cine". Si la relación de pareja es prioritaria, hay que cuidarla.

7. La pareja cambia y está en movimiento: eso debe fortalecer el amor
Es hermosa la lección del Cantar de los Cantares, donde ella y él están siempre en movimiento. Después de encontrarse, se pierden de nuevo, para que nunca puedan pararse y decir: estamos a resguardo. Precisamente este juego de encontrarse y perderse una y otra vez, es un crescendo de celo y confianza, de presencia y ausencia, es la tensión que mantiene viva la fidelidad (G. Salonia).

8. Habrá momentos de apatía: combatidlos con intereses comunes
Si no tengo mucho de qué hablar con mi pareja, si no tengo grandes cosas que compartir, me encerraré en mis intereses, en mis lecturas, en mi computadora, en mi deporte... Un momento de apatía (que sin duda todas las parejas experimentan antes o después), si no se le presta atención y se afronta, puede elevarse al grado dos, tres, seis, diez... y convertirse en un vacío imposible de colmar. Ogden y Bradburn (1996) observan que el número de actividades placenteras de la pareja es una señal importante para prever el éxito o el fracaso conyugal. Lo cual no significa que ir a clases de tango vaya a salvar el matrimonio: lo que cambia las cosas es la experiencia de compartir intereses.

9. Ni rigidez ni estancamiento: deja entrar a tu cónyuge
Habrá muchas veces en que cometeremos errores, y en otras ocasiones sentiremos desgana; no estaremos exentos de sufrimiento, pero también nos veremos compensados por alegrías. Lo importante es no crear torres de acero en las que refugiarnos, donde el otro no tiene posibilidad de entrar. El amor no casa bien con el hielo, ni con la rigidez, ni con el estancamiento.

P.J.G. (edit.), según el libro “Reconstruir a Partir del Amor” de Daniela Maria Augello, editorial Ciudad Nueva, /ReL 2018

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lunes, 3 de septiembre de 2018

El matrimonio natural y la fecundidad son fundamentales para una economía próspera


Estudio del Social Trends Institute en 19 países: la baja natalidad, la maternidad tardía o fuera del matrimonio, el aumento de divorcios y el envejecimiento afectan negativamente al estado del bienestar. ¿La solución?, el apoyo institucional a las familias

El matrimonio tradicional, la fecundidad y la familia tradicional son claves para una economía próspera. Por el contrario, la baja natalidad, la maternidad tardía o fuera del matrimonio, el aumento de divorcios y el envejecimiento de la población, que caracteriza a las sociedades avanzadas, afectan negativamente al estado del bienestar.
Estas son algunas de las principales conclusiones del estudio internacional  ‘¿Qué tienen que ver el matrimonio natural y la fecundidad con la economía‘, elaborado por el Social Trends Institute (STI) en 19 países.
Cabe recordar que el STI es un “centro de investigación independiente y sin fines de lucro que ofrece apoyo institucional y financiero a académicos en todos los campos que buscan dar sentido a las tendencias sociales emergentes y sus efectos en las comunidades humanas”, como se definen en su propia web.
Los responsables del estudio plantean que, a largo plazo, “la prosperidad de la economía moderna aumenta y disminuye con la familia”. Así, el informe analiza “los roles clave que el matrimonio y la fecundidad juegan en el mantenimiento del crecimiento económico a largo plazo, la viabilidad del estado de bienestar, la cantidad y la calidad de la mano de obra, y la productividad de los grandes sectores de la economía moderna”.

Ventajas del matrimonio y la fecundidad
Por todo ello, los gobiernos, las empresas y la sociedad en su conjunto “se verían beneficiados si se fortaleciera la institución familiar”. En ese sentido, el estudio recuerda por qué son importantes el matrimonio y la fecundidad y enumera sus cuatro ventajas:
-Los niños criados en familias basadas en el matrimonio tienen más posibilidades de adquirir el capital humano y social necesario para convertirse en trabajadores productivos y estables.
-Los hombres que se casan y permanecen casados trabajan más y mejor, y ganan más dinero que los solteros.
-Los países que deseen disfrutar de un sólido crecimiento económico a largo plazo y de la viabilidad del estado de bienestar deben mantener tasas de fecundidad sostenibles, al menos de dos niños por mujer.
-Los sectores clave de la economía moderna —desde los productos del hogar a los seguros o la alimentación— suelen obtener más beneficios cuando las parejas se casan y tienen hijos.

Cuatro acciones pro familia
Por todo ello, los responsables del informe recomiendan cuatro acciones en pro de la familia que estados, empresas y administraciones en general podrían emprender o mejorar para invertir la actual situación.
-Las empresas deberían usar su influencia social para respaldar las campañas a favor de las familias y la educación pública.
-Los países tendrían que facilitar el acceso a la sanidad y a la educación para fortalecer los fundamentos económicos de la vida familiar.
-Las políticas deberían apoyar el matrimonio y la paternidad responsable mediante, por ejemplo, créditos a los matrimonios con hijos en el hogar.
-La política pública y corporativa debería honrar los ideales de las familias trabajadoras, facilitándoles la flexibilidad para conseguir conciliar la vida familiar y laboral según sus necesidades.

Más viejos y menos jóvenes productivos
A continuación, el estudio recuerda de que la crisis económica y fiscal por la que atraviesan muchos de los países más desarrollados “desde Italia y Japón al Reino Unido y Estados Unidos”, tiene su origen en gran medida en cambios estructurales de la demografía.
“Las poblaciones de ancianos dependientes están creciendo vertiginosamente, mientras las poblaciones productivas en edad de trabajar se estancan o decrecen, advierten.
Este desequilibrio afecta y afectará al panorama global de la economía. En muchos países se producirán “importantes incrementos en los niveles de deuda pública y un crecimiento económico más lento”, según los economistas políticos Nicholas Eberstadt y Hans Groth, cita el informe.
Al mismo tiempo, “otra tendencia demográfica está arrasando el mundo: el descenso en el número y el porcentaje de niños criados en familias basadas en el matrimonio”, añade.
“En más de 75 países, la tasa de fecundidad está muy por debajo del nivel de reemplazo —2,1 hijos por mujer— necesario para mantener la mano de obra en los niveles actuales”, destaca; y pone como ejemplo el estancamiento económico de Japón por su déficit de natalidad originado en los años setenta del siglo pasado; y la caída del índice de fecundidad en China en los posteriores años noventa.
A estos dos factores, el envejecimiento y la baja fecundidad, se suma que “el matrimonio está en declive en la mayor parte del mundo, especialmente en Europa, las américas y Oceanía”.
“En estas regiones, el aumento del número de divorcios, la maternidad fuera del matrimonio y el matrimonio tardío implican que un gran número de niños y adultos pasarán una importante parte de sus vidas lejos de una familia basada en el matrimonio. […] De hecho, en estas regiones, más de uno de cada tres niños nacen fuera del matrimonio”, insiste el informe.
Al respecto, el estudio afirma que “el matrimonio fomenta una actitud financiera prudente, incluyendo un mayor nivel de ahorro y una mayor acumulación de bienes. Por estas razones y muchas más, el matrimonio es un importante generador de capital social, humano y financiero para las economías a nivel mundial”.

 “La cuna vacía”
La investigación realizada por los responsables del estudio apunta a que “importantes sectores de la economía moderna tienden a prosperar cuando las parejas se casan y tienen hijos”.
Pero, “según las tendencias actuales, nos enfrentamos a un mundo de rápido envejecimiento y descenso de la población, con pocos niños —muchos de ellos sin las bondades de tener hermanos y un hogar biparental estable—, con ancianos solos subsistiendo con las exiguas ayudas públicas y con un estancamiento cultural y económico”, sentencian.
Es lo que en el informe definen como “la cuna vacía”. “Prácticamente en todos los países desarrollados, incluyendo la mayor parte de Europa, el este de Asia y muchos de los países americanos —desde Canadá hasta Chile— la tasa de fecundidad ha descendido por debajo de los niveles necesarios para evitar el envejecimiento acelerado de la población y su deterioro”, como se puede observar en el siguiente gráfico, reproducido a partir del estudio.
A la vista del gráfico, que analiza 19 países, “la media de las mujeres en un país desarrollado ahora tiene solo 1,66 hijos a lo largo de su vida, lo que la sitúa alrededor de un 35% por debajo de la cifra necesaria para garantizar el recambio generacional (2,1 hijos por mujer) y mantener la población a largo plazo”.
“Esto supone que el número de niños de entre 0 y 14 años en el mundo desarrollado es 60,6 millones menor en la actualidad que en 1965”, advierte el informe.
Por ejemplo, en el caso de España, la tasa de fecundidad (1,32 hijos por mujer en 2015) se sitúa incluso por debajo de esa insuficiente media de 1,66 hijos por mujer a lo largo de su vida.
Las consecuencias económicas, entre otras, “una tasa de mano de obra decreciente, y que deben enfrentarse al reto de ayudar a una población anciana que crece rápidamente”.
Los únicos países que en el gráfico, de izquierda a derecha, muestran una tasa de fecundidad acorde con el recambio generacional (2,1) en el periodo 2005-2010 son India, Indonesia, Filipinas, Colombia, México y Perú. Entre los países más desarrollados, solo Estados Unidos, con 1,84 hijos por mujer en 2015, se aproxima a esa tasa.

Países envejecidos
El estudio reconoce que la población mundial sigue creciendo y que la ONU pronostica que “la cifra de habitantes en el mundo podría aumentar de siete a diez mil millones en los próximos noventa años”.
Sin embargo, “se trata de un tipo de crecimiento distinto al que hemos visto hasta ahora: hasta hace muy poco, el crecimiento de la población se producía, principalmente, por el crecimiento de la población juvenil”, dice el estudio.
Pero, “en los próximos cuarenta años, según la última ‘variante media’ pronosticada por la ONU, el 58% del crecimiento de la población mundial se corresponderá con el incremento del número de personas de más de 60 años, mientras que solo un 6% se corresponderá con personas de menos de 30 años”, advierte.
Tanto es así que Naciones Unidas prevé que, “para el 2035, la población de niños menores de 5 años, ya en declive en muchos de los países desarrollados, caerá también a nivel global”, como se puede ver en este otro gráfico.
 “Esto significa que la cifra de población mundial podría estar descendiendo con el cambio de siglo, sobre todo si las tasas de fecundidad no rompen con la tendencia a la baja”, añade.
El gráfico muestra el disparado incremento previsto para 2035 de la población de más de 60 años en los países en desarrollo. Los países desarrollados, aunque en menor medida, también experimentarán un notable aumento de este segmento de población.
Por el contra, la población de 0 a 4 años se mantendrá al nivel actual en los países desarrollados y tenderá a la baja en los países en desarrollo.

Hijos de madres solteras
Una última cuestión que aborda el estudio es el “cambio radical en las circunstancias en las que muchos niños han nacido, ya que estudios de varios países corroboran el incremento del número de divorcios y/o de nacimientos extramatrimoniales”.
Asimismo, “el porcentaje de niños que viven con sus padres –casados- ha sufrido una fuerte caída. Por ejemplo, en gran parte de Europa, las américas, desde el Reino Unido hasta los Estados Unidos, desde México hasta Suecia, los nacimientos extramatrimoniales son considerados “normales”, y suponen el 40% o más del total”, como muestra este último gráfico.
El estudio añade que “aunque muchos de estos nacimientos se producen en parejas de hecho, las familias basadas en esta fórmula son significativamente menos estables que aquellas basadas en el matrimonio. Esto se traduce en que los niños nacidos fuera del matrimonio tienen muchas más probabilidades de exponerse a cambios de cuidadores y a periodos monoparentales que los niños nacidos de parejas casadas”.
El gráfico muestra como, por ejemplo, en Estados Unidos, “el 41% de los niños han nacido fuera del matrimonio. A su vez, alrededor de la mitad de estos niños son hijos de parejas de hecho y aproximadamente la otra mitad son hijos de madres solteras”.
“Estos dos grupos suelen estar más expuestos a la inestabilidad (cuando uno de los padres deja el hogar, o cuando una nueva figura paternal o maternal llega al ambiente familiar, hechos ambos con frecuencia estresantes para los niños) y a periodos con un solo progenitor (monoparentales) que los hijos de padres casados”.
En Europa, Suecia muestra el perfil más preocupante, con un 55% de los niños nacidos fuera del matrimonio, y “la gran mayoría de ellos son hijos de parejas de hecho. […] Incluso en este país, donde la convivencia de parejas de hecho goza de amplia aceptación y apoyo jurídico, estas son menos estables que las basadas en el matrimonio”, señala el estudio.
Por detrás de Suecia, Reino Unido también sobrepasa el 40% de niños nacidos de madres solteras; y Alemania y España superan el 30%. Por su parte, Chile, Colombia, México y Perú muestran los porcentajes más altos entre todos los países analizados; un fenómeno más que preocupante.
Los responsables del estudio concluyen su análisis sobre estas cuestiones recordando que “un estudio reciente demostró que los niños nacidos de parejas de hecho tenían un 75% más de probabilidades que los de parejas casadas de ver a sus padres separarse en torno a los 15 años. Y el porcentaje de hogares monoparentales con niños casi se ha duplicado en los últimos 25 años, pasando de un 11%, en 1985, a un 19%, en el 2008”.

ForumL./2018

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viernes, 20 de julio de 2018

Manual para los buenos padres


Es en esa atención cuando la paternidad cobra todo su valor: uno existe para servir, y el primer servicio es el que prestamos a las personas que más queremos, a las que tenemos más cercanas, a aquellas sobre las que ejercemos una responsabilidad.

Educar a los hijos no es tarea fácil. Incluso en ocasiones es incómoda, porque compromete. En mi caso el mayor compromiso tiene que ver con mi tendencia irrefrenable a la comodidad: un hijo, una colección de hijos —una camada, que así suena más rotundo— es una presencia perturbadora para el egoísmo del padre que va cumpliendo años.

Si con la llegada del primero de mis vástagos conseguí desvivirme en los mil detalles que trae aparejada tan dulce novedad, con la cuarta había adquirido toda clase de querencias para excusarme de lo inexcusable. Por ejemplo, ante sus llantos nocturnos, que durante meses fueron como tener una sirena de la policía dentro de su cuna. La querencia ante la agresión sonora de madrugada era simular que estaba dormido, como si fuera posible no despertarse con aquel lloro insoportable. Pero mi mujer no se creía mis ronquidos impostados y me exigía que me pusiera en pie para tratar de calmar a la criatura. A los dos años, en otra de esas noches interrumpidas por el desconsuelo de mi hija, de camino a su habitación dando traspiés por el pasillo oscuro, en la rendición de mi impaciencia no tuve mejor idea que encerrarla en un armario, anécdota que ahora forma parte del jolgorio de las reuniones familiares. Eso sí, todos saben que el castigo funcionó.

Cuando las familias son cortas, es decir, cuando el matrimonio tiene pocos hijos (a veces uno, nada más), los llantos infantiles no tardan en olvidarse, de igual modo que los consejos acerca de la educación, porque suele ser el niño quien impone las reglas. No siempre pasa, por supuesto, ya que abundan las personas sin hermanos que disfrutan o han disfrutado de unos padres que marcaron un rumbo claro, cariñoso y exigente para su único vástago, que hoy es un hombre o una mujer a quien es fácil identificar por la suma de sus virtudes humanas. Sin embargo, en las sociedades acomodadas suelen ser personas levantiscas, inconstantes, caprichosas y casi tan egoístas como yo, aunque en mi defensa diré que fuimos cinco hermanos que tuvieron unos padres que nos permitieron pocos caprichos.

Hay momentos del día a los que llegamos cansados y deseosos de paz y entretenimiento. Es la ocasión para disfrutar de una película o una serie en el televisor, o para sentarnos a leer un libro envueltos en el silencio, o para escuchar música. Pero es entonces, casi siempre, cuando aparece uno de nuestros hijos —si no dos, tres… o todos juntos— demandándonos tiempo y atención. Lo bucólico que pudiera tener la familia se rompe en ese instante para dar paso a lo sacrificado. Mas es en esa atención cuando la paternidad cobra todo su valor: uno existe para servir, y el primer servicio es el que prestamos a las personas que más queremos, a las que tenemos más cercanas, a aquellas sobre las que ejercemos una responsabilidad. ¿Acaso hay un negocio mejor que forjarlos como hombres y mujeres de bien?

Quienes saben de la materia están convencidos de que cada gesto de amor de un padre a un hijo tiene como recompensa la repetición, una vez ellos sean padres, aunque en el presente nos embargue la sensación de que no se enteran de nada, especialmente cuando transcurre la adolescencia. De igual modo, cada gesto desabrido, cada mala respuesta, cada desdén también se graba en su memoria, con la grave posibilidad de que en un futuro lo repliquen en nuestros nietos.

 Y quienes han cumplido con el dignísimo papel de ser buenos padres, aseguran que cada esfuerzo que pongamos por superar la comprensible tendencia a la comodidad, acaba por dar bellísimos frutos. El primero de ellos: la felicidad de los nuestros, razón innegociable por la que merece la pena vivir.

Miguel Aranguren / El Observador (México)

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viernes, 1 de junio de 2018

¿Por qué los hombres ya no se casan?


Es uno de los fenómenos más reveladores de la revolución antropológica que estamos sufriendo: los hombres rehúyen el matrimonio como quien espanta al diablo. Aunque la “corrección política” imponga el silencio sobre este tema, como sobre otros muchos, cada vez son mayores las señales de alarma.

Abismal descenso nupcial
Según el Centro de Investigación Pew (un reputado “think tank” norteamericano dedicado a la elaboración de estadísticas) se está produciendo una divergencia entre los hombres y las mujeres a la hora de valorar el futuro de sus vidas y su disposición al matrimonio.
Mientras que en los años ´70 un abrumador porcentaje del 80% de los hombres norteamericanos entre los 25 y los 29 años estaban casados, hoy la cifra es del 40%, es decir, la mitad. Si ascendemos en la edad -algo que a priori favorecería la convergencia de ayer y hoy – las diferencias siguen siendo enormes: el 85% de los varones entre los 30 y los 34 años habían adquirido en los setenta un compromiso matrimonial, mientras la misma franja de edad arroja hoy un porcentaje de apenas el 60%.
Pero no es solo una cuestión de cifras: ese abismal descenso de matrimonios tiene que ver con la natalidad, y esta con el futuro de nuestras sociedades.

Acoso al varón
Tomando como ejemplo a España, en los últimos veinte años, el porcentaje de mujeres que considera el matrimonio como algo muy importante en sus vidas ha aumentado en nueve puntos, del 28% de 1997 hasta el 37% en 2017; sin embargo, y muy significativamente, el porcentaje de hombres que opina de igual modo ha descendido en casi la misma proporción; desde un 35% en 1997 hasta un 29% hoy día.
El descenso no es, desde luego, casual; una legislación concebida para beneficiar sistemáticamente a la mujer en la práctica totalidad de cuestiones donde pueda existir conflicto, ha conducido a que el varón se sienta acosado. En consecuencia, cada vez es más habitual que los varones perciban el matrimonio como algo incluso peligroso.
Ningún varón desconoce que lo único que le separa de un calabozo (al menos en dicho país europeo donde la ideología de género ha proliferado), es la acusación de una mujer, acusación que no necesita probar: la ruptura de la igualdad ante la ley y de la presunción de inocencia ha introducido un factor de enorme desconfianza entre los hombres y las mujeres.

Divorcio y suicidio…en los varones
Ese acoso en forma de discriminación legal sufrida por el hombre, tiene otra vertiente más macabra: los datos de suicidio, que apuntan a la incómoda realidad que muestra el que la mayor tasa de suicidios por edades, se produce entre los 45 y los 49 años…entre los varones divorciados o en proceso de divorcio.
Cierto que, en general, los suicidios de hombres son mucho más numerosos que entre las mujeres, en una proporción superior a dos a uno. Pero esa proporción se rompe de modo escandaloso entre los hombres y las mujeres que se divorcian: mientras que las mujeres que se divorcian aumentan su tasa de suicidios de un 2.5 a un 6 por 100.000, el hombre lo hace desde un 6 por 100.000 hasta un 38 por 100.000. Es decir, que la mujer multiplica por poco más de dos esa tasa y el hombre por más de seis.
Parece evidente el impacto que tiene la legislación en estas cifras. La “discriminación positiva” es un factor clave para comprenderlo en cuanto a que supone una ruptura de la igualdad ante la ley, y a que el hombre queda en una postura de inferioridad ante la mujer. Cada día hay más hombres conscientes de esta realidad, y por tanto más remisos a aceptar compromisos.
De hecho, aunque las estadísticas son interpretables, hasta un 15% de los suicidios podrían tener relación con los procesos de divorcio. Lo que parece poco discutible es que la divergencia de las cifras entre el suicidio de varones y el de mujeres a causa del divorcio refleja el carácter favorable para la mujer de la actual legislación española, y cada vez más, en muchos otros países.

La banalización sexual
Aunque en principio la revolución sexual acaecida entre los sesenta y setenta del pasado siglo semejó algo parecido a un paraíso para el varón, sus consecuencias no lo han sido en absoluto.
La introducción de los anticonceptivos en las relaciones de pareja, al disminuir drásticamente las posibilidades de fecundación, han disparado las relaciones sexuales esporádicas, de modo que los jóvenes se educan en el sexo por diversión y sin ataduras.
La lógica consecuencia es que cada generación es más reacia a contraer compromisos serios y, aún menos, de por vida. La función clásica del matrimonio, esto es, la de encauzar la natural pulsión sexual del ser humano se ha vuelto superflua. Siendo la sexualidad plenamente vivida antes del matrimonio, muchos jóvenes ya no encuentran razón para asumir unas responsabilidades que nadie les exige. Los anticonceptivos se constituyen, así, como un riesgo añadido para la familia y los compromisos.
La consecuente banalización de las relaciones sexuales ha depreciado la valoración de las mujeres en muchos hombres.

Aumenta la misoginia
Lo que toda esta situación de acoso y desigualdad ha generado es, por lo pronto, un aumento de la misoginia entre los más jóvenes. Una y otra vez todas las encuestas indican una fuerte tendencia en ese sentido, aunque desde los medios progresistas se pretende, si no negar, sí relativizar estos datos que ponen en cuestión el modelo actual.
Los factores que explican esto son varios. Uno de ellos es la insistencia educativa en la “igualdad”, entendida no como igualdad de oportunidades, sino como negación del dimorfismo sexual en la especie humana, de la desigualdad natural entre sexos.
Otro aspecto es la difusión de la pornografía y su consumo a edades muy tempranas, que cosifica a la mujer y la convierte en un simple medio de satisfacción para el varón.
Además, mientras que las mujeres e hijos gozan cada vez de mayores derechos, el varón adulto los va perdiendo.
No resulta extraño que, en las actuales circunstancias, los varones sientan una creciente desconfianza ante la posibilidad de contraer un compromiso como el que supone el matrimonio actual, que les asegura una posición de subordinación. Como poco.

Fernando Paz (edit.) / Gta. 2018

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