¿Por qué los hombres ya no se casan?
Es uno de los fenómenos más reveladores de la revolución antropológica que estamos sufriendo: los hombres rehúyen el matrimonio como quien espanta al diablo. Aunque la “corrección política” imponga el silencio sobre este tema, como sobre otros muchos, cada vez son mayores las señales de alarma.
Abismal descenso nupcial
Según el Centro de Investigación Pew (un reputado “think tank” norteamericano dedicado a la elaboración de estadísticas) se está produciendo una divergencia entre los hombres y las mujeres a la hora de valorar el futuro de sus vidas y su disposición al matrimonio.
Mientras que en los años ´70 un abrumador porcentaje del 80% de los hombres norteamericanos entre los 25 y los 29 años estaban casados, hoy la cifra es del 40%, es decir, la mitad. Si ascendemos en la edad -algo que a priori favorecería la convergencia de ayer y hoy – las diferencias siguen siendo enormes: el 85% de los varones entre los 30 y los 34 años habían adquirido en los setenta un compromiso matrimonial, mientras la misma franja de edad arroja hoy un porcentaje de apenas el 60%.
Pero no es solo una cuestión de cifras: ese abismal descenso de matrimonios tiene que ver con la natalidad, y esta con el futuro de nuestras sociedades.
Acoso al varón
Tomando como ejemplo a España, en los últimos veinte años, el porcentaje de mujeres que considera el matrimonio como algo muy importante en sus vidas ha aumentado en nueve puntos, del 28% de 1997 hasta el 37% en 2017; sin embargo, y muy significativamente, el porcentaje de hombres que opina de igual modo ha descendido en casi la misma proporción; desde un 35% en 1997 hasta un 29% hoy día.
El descenso no es, desde luego, casual; una legislación concebida para beneficiar sistemáticamente a la mujer en la práctica totalidad de cuestiones donde pueda existir conflicto, ha conducido a que el varón se sienta acosado. En consecuencia, cada vez es más habitual que los varones perciban el matrimonio como algo incluso peligroso.
Ningún varón desconoce que lo único que le separa de un calabozo (al menos en dicho país europeo donde la ideología de género ha proliferado), es la acusación de una mujer, acusación que no necesita probar: la ruptura de la igualdad ante la ley y de la presunción de inocencia ha introducido un factor de enorme desconfianza entre los hombres y las mujeres.
Divorcio y suicidio…en los varones
Ese acoso en forma de discriminación legal sufrida por el hombre, tiene otra vertiente más macabra: los datos de suicidio, que apuntan a la incómoda realidad que muestra el que la mayor tasa de suicidios por edades, se produce entre los 45 y los 49 años…entre los varones divorciados o en proceso de divorcio.
Cierto que, en general, los suicidios de hombres son mucho más numerosos que entre las mujeres, en una proporción superior a dos a uno. Pero esa proporción se rompe de modo escandaloso entre los hombres y las mujeres que se divorcian: mientras que las mujeres que se divorcian aumentan su tasa de suicidios de un 2.5 a un 6 por 100.000, el hombre lo hace desde un 6 por 100.000 hasta un 38 por 100.000. Es decir, que la mujer multiplica por poco más de dos esa tasa y el hombre por más de seis.
Parece evidente el impacto que tiene la legislación en estas cifras. La “discriminación positiva” es un factor clave para comprenderlo en cuanto a que supone una ruptura de la igualdad ante la ley, y a que el hombre queda en una postura de inferioridad ante la mujer. Cada día hay más hombres conscientes de esta realidad, y por tanto más remisos a aceptar compromisos.
De hecho, aunque las estadísticas son interpretables, hasta un 15% de los suicidios podrían tener relación con los procesos de divorcio. Lo que parece poco discutible es que la divergencia de las cifras entre el suicidio de varones y el de mujeres a causa del divorcio refleja el carácter favorable para la mujer de la actual legislación española, y cada vez más, en muchos otros países.
La banalización sexual
Aunque en principio la revolución sexual acaecida entre los sesenta y setenta del pasado siglo semejó algo parecido a un paraíso para el varón, sus consecuencias no lo han sido en absoluto.
La introducción de los anticonceptivos en las relaciones de pareja, al disminuir drásticamente las posibilidades de fecundación, han disparado las relaciones sexuales esporádicas, de modo que los jóvenes se educan en el sexo por diversión y sin ataduras.
La lógica consecuencia es que cada generación es más reacia a contraer compromisos serios y, aún menos, de por vida. La función clásica del matrimonio, esto es, la de encauzar la natural pulsión sexual del ser humano se ha vuelto superflua. Siendo la sexualidad plenamente vivida antes del matrimonio, muchos jóvenes ya no encuentran razón para asumir unas responsabilidades que nadie les exige. Los anticonceptivos se constituyen, así, como un riesgo añadido para la familia y los compromisos.
La consecuente banalización de las relaciones sexuales ha depreciado la valoración de las mujeres en muchos hombres.
Aumenta la misoginia
Lo que toda esta situación de acoso y desigualdad ha generado es, por lo pronto, un aumento de la misoginia entre los más jóvenes. Una y otra vez todas las encuestas indican una fuerte tendencia en ese sentido, aunque desde los medios progresistas se pretende, si no negar, sí relativizar estos datos que ponen en cuestión el modelo actual.
Los factores que explican esto son varios. Uno de ellos es la insistencia educativa en la “igualdad”, entendida no como igualdad de oportunidades, sino como negación del dimorfismo sexual en la especie humana, de la desigualdad natural entre sexos.
Otro aspecto es la difusión de la pornografía y su consumo a edades muy tempranas, que cosifica a la mujer y la convierte en un simple medio de satisfacción para el varón.
Además, mientras que las mujeres e hijos gozan cada vez de mayores derechos, el varón adulto los va perdiendo.
No resulta extraño que, en las actuales circunstancias, los varones sientan una creciente desconfianza ante la posibilidad de contraer un compromiso como el que supone el matrimonio actual, que les asegura una posición de subordinación. Como poco.
Fernando Paz (edit.) / Gta. 2018
Etiquetas: Matrimonio
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